Frente al espejo del mañana: una reflexión personal sobre las redes sociales de hoy.

Por: José David País Santamaría.

Como marxista estoy convencido que el deber de la ciencia no es entender el mundo para la satisfacción de la sed de saber de los hombres, sino para servir al permanente deber de transformarlo. Las revoluciones no se hicieron para ver morir sus ecos, cuando la contrahistoria encontró los métodos para enterrarlas, sino para sobrevivir a todas las pruebas y adaptarse, por encima de todo esfuerzo contrarrevolucionario.

Somos testigos a diario de fuertes debates y encarnizados combates que tienen como escenario el ciberespacio, donde una infinidad de pseudorealidades se multiplican de forma exponencial, en escenarios impuestos por la hegemonía tecnológica e informacional del imperialismo, obligando a una movilización revolucionaria que observa en este fenómeno a su antagónico más peligroso, y que plantea un enfrentamiento que se distingue por la imprevisibilidad, la intensidad y el desgaste.

La reflexión, el debate, el análisis y el diálogo político se pulverizan y se vuelven inútiles frente a adversarios sin rostro, que no tienen como fin la construcción, sino la multiplicación del odio, la ignorancia y la mentira, convirtiendo cada mente en una trinchera y cada portal al universo digital (teléfonos/tablets/computadoras) en un arma de letalidad probada.

Parecería exagerado, armagedónico, caótico. Reflexiones sacadas de una historia de ficción, incluso absurdo, indigno de ser escuchado. Pero si prestamos atención a los hechos, veremos que las alertas más pesimistas, pudieran incluso quedarse cortas ante la cruda realidad; ante el doloroso reflejo que ya emite el espejo que refleja nuestra realidad.

Los que nacen hoy y sobre todos los que llegan (cada vez más temprano) a la madurez digital, viven en un mundo donde han perdido la capacidad de elegir, y donde cabe cuestionarse todo, una vez que nuestra toma de decisiones, nuestros valores, motivaciones, estados de ánimo e ideología, van a ser influidos por la información que consumimos, que llega a nosotros manipulada, empaquetada y gestionada, para producir seres humanos ajustados a un modelo de superconsumo, donde no es preciso entender, ni cambiar nada.

Nada es hoy más movilizador que un grupo de redes sociales; nada motiva más que la aceptación colectiva y la ilusión de fama que otorgan los likes y los corazones. La adictividad de las redes, tiene el fundamento de la necesidad de los seres humanos de expresarse y ser reconocidos, y como valor agregado dentro del proceso, toda nuestra información se usa contra nosotros, para esculpir nuestra mente, a imagen y semejanza del “creador”.

No se trata de teología, quienes controlan los algoritmos de redes donde habitan las vidas de más de la mitad de la población mundial, tienen acceso a una base de datos infinita, que puede ser usada para todos los fines. Esos creadores, que no han vendido a bajos precios su creación, juegan a la imparcialidad, cuando la realidad es que nacieron de un solo lado y son el resultado más genuino de la sociedades de consumo. Es la forma más acabada del imperialismo -con el permiso de los clásicos- cuando el control de las masas ya no precisa de la violencia de los ejércitos, ni de la hegemonía militar (a la que no se renuncia), sino del acceso y uso de la información individual. Unos pocos lo saben todo de todos y eso los hace increíblemente poderosos.

La mayoría de los Estados ha tardado en entender y reaccionar ante esto. Durante décadas se han dedicado todos los recursos a las amenazas tradicionales, mientras desde los entornos de la información se construían nuevas amenazas. Naciones con poderosas fuerzas militares, han visto caer sus gobiernos sin invasiones, y las guerras no han vuelto a ser lo mismo: desde Libia hasta Bielorrusia, el signo de la manipulación de la sociedad contra el Estado; de una Troya sin caballo, sino con el uso de los propios troyanos, ha venido a demostrarnos cómo será la guerra que enfrentaremos, o mejor dicho, enfrentamos hace ya bastante tiempo.

Entender que estamos en guerra no es ser pesimistas ni alarmistas en la Cuba de hoy, es ser realistas. La internet en cada casa, en cada individuo, significa que nuestras fronteras nacionales se han trasladado hasta allí y que nuestros adversarios tienen potencialmente la capacidad de susurrar al oído de cada uno de nuestros ciudadanos. Lo que durante décadas trataron de hacer con emisoras de radio y TV piratas, sin éxito, hoy se hace de forma masiva y sistemática, sin que haya posibilidad alguna de interferencia. La “neutralidad” de las redes lo impide. El hombre ¿elige?

Las alarmas han comenzado a sonar. Intelectuales destacados, figuras de la cultura, sabios populares, etc, son varios los que ya han alertado que las amenazas provenientes del universo de la información deben recibir la máxima atención, por ser una vía de des-construcción del apoyo popular a la Revolución, que alcanzó y sostiene la independencia nacional, pues nuestros enemigos utilizan con efectividad y amplísismos recursos este escenario, en virtud de sus intereses.

La erosión de las bases ideológicas, culturales y políticas de las sociedades se practica hoy de forma masiva y también de forma personalizada. Los recursos de la información, debidamente empaquetados y aptos para el consumo humano, incluso atractivos, se envían selectivamente, sin descanso, por todas las vías posibles, a receptores donde se pretende fabricar una actitud acrítica, negativamente movilizadora; desmoralizante, etc. en fin, subversiva.

Se pretende convencer al pueblo cubano de que el Socialismo es el causante de todas sus dificultades, aunque estas sean impuestas por el propio gestor del mensaje; que todas las autoridades son corruptas, ineptas y responsables de las dificultades, y que no cuentan con la capacidad de resolver los problemas, en los plazos y la forma aceptables por el pueblo; se apunta a una separación e incluso ruptura en los planos de la política (Estado-sociedad); la economía (decisores-consumidores); la seguridad (Fuerzas del orden-pueblo); la familia (abuelos-padres-hijos), en fin, la vieja estrategia de “dividir para vencer”, reinventada y llevada casi a la perfección.

Es casi imperceptible el impacto de estas bombas de desinformación sobre nuestras ciudades y pueblos. En torno a cada radio base de alta velocidad, millones de cubanos se conectan hoy para recibir y transmitir información, utilizando mayormente aplicaciones foráneas. Los más sensibles secretos de mucha gente van a parar a servidores en el Silicon Valley de California. Facebook nos sugiere que leamos noticias que nunca tienen como fuente el sitio web de Cubadebate o Juventud Rebelde y que sigamos a personas que no pertenecen a instituciones del Estado, la cultura, el deporte o los medios nacionales.

Se nos “educa” para adorar “altares” más allá de nuestras fronteras y rechazar, por cualquier causa, lo “nuestro”, lo “hecho en Cuba”, lo propio. Los códigos empleados tienen como fin aplacar las rebeldías contra la opresión del intercambio desigual, del mercado, de los centros de poder, y reenfocarlas contra los líderes nacionales y toda forma de autoridad revolucionaria, máximos responsables del “desastre”, sin necesidad de argumentos ni profundas realidades.

Lo aprendido en los últimos 20 años de historia, indica que luego de los “ablandamientos” de las bombas de la des-información, los instigadores del caos pasan a la parte “práctica” del plan, que implica el uso conveniente de todo el odio, la ira, la incertidumbre y la mentira que se han sembrado, de forma sistemática, para destrozar la paz interna de las naciones y construir nuevas realidades políticas y sociales, al servicio de las clases e intereses que promovieron el desastre.

No es casual que uno de los objetivos priorizados de la contrarrevolución cubana sea el censo permanente de su capacidad de movilización. Cada cierto tiempo emiten convocatorias y de manera eventual, utilizan oportunistamente otras causas “movilizadoras”, para manipularlas y presentarlas como reclamos anti estatales. En el medio de todo, la gente, sus necesidades reales y los esfuerzos de los que trabajan para satisfacerlas.

Hacer previsiones en este mundo nuestro resulta muy difícil. El filo del mañana corta como nunca antes. Pero aquellos que han visto las consecuencias de la guerra que enfrentamos están obligados a no esperar la tormenta “con los brazos en cruz”, como dijera el Maestro.

Hay una batalla sangrienta en las redes de internet donde Cuba existe, para desmontar y reinventar las realidades nacionales, convenciendo a muchos de condiciones “convenientes” para quienes promueven una verdad alternativa, o irremediables, para quienes luchan a diario con la verdad “verdadera”.

Difícilmente, en el futuro mediato, en cualquier parte del mundo, algún fenómeno surja que tenga mayor capacidad de movilización que los entramados algorítmicos de las redes sociales. La dimensión de este tipo de acontecimientos en la historia humana es inmensa, ejemplo de sucesos similares han sido la aparición de las religiones o el estallido de las revoluciones. Así lo creo, aunque me percato de lo atrevido de tal aseveración.

Así que al mirarnos frente al espejo del mañana, tenemos que ser capaces de observar nuestra capacidad, como revolucionarios; como defensores de la justicia; como guerreros del “bien”, de emplear todos los recursos que han sido creados para nosotros; a pesar de nosotros; contra nosotros y por supuesto, los que sean creados por nosotros, para librar la batalla por el futuro de la Revolución, de la cual la nación es inseparable, a riesgo de desaparecer.

Inventar recursos ante cada recurso contrario; adelantarse, prever, luchar con la imaginación y la creación como armas; y con todos los medios necesarios, para hacer prevalecer el amor, la paz, la concordia, el diálogo, la felicidad, la disciplina y los valores para la construcción de una sociedad nueva, en la que persistimos y por la que hemos defendido el ideal socialista durante 60 años. Solo así veremos nuestro mejor reflejo en el espejo del mañana. Solo así habrá un mañana.

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