La Isla Rebelde.

El 19 de octubre de 1906, 110 años antes de que Barack Obama invitara a los cubanos, desde el corazón de La Habana, a “superar la historia”, William Taft, gobernador interventor de EEUU en la isla y quien luego sería presidente de ese país, nos reprendía así: “Los ideales de ustedes los cubanos son demasiado elevados y una idea que es demasiado elevada y se encuentra fuera de nuestro alcance no es útil. Lo que ustedes necesitan aquí, entre los cubanos, es el deseo de hacer dinero, de fundar grandes empresas, y continuar desarrollando la prosperidad de esta bella isla y que la mayoría de los jóvenes cubanos comiencen negocios (…) hasta que ustedes no tengan una comunidad de autoridad y control político, que esté bajo las influencias conservadoras de la propiedad y la propiedad privada, no es posible un gobierno exitoso y popular”(1).

Así hablaba un político estadounidese hace más de un siglo, luego de que esa nación interviniera militarmente en Cuba por segunda ocasión, para aplacar la rebeldía que amenazaba la estabilidad neocolonial, sembrada luego del robo de nuestra independencia en 1898. Lo hacía desde la Universidad de La Habana, como quien da una lección de destino, a un pueblo ignorante de su futuro.

Desde esa universidad estallaría la rebeldía cientos de veces en los años venideros, y de ella saldría Fidel Castro, para concluir la obra interrumpida por los interventores, salvando a la nación del destino augurado por Taft y tantos otros, bajo el cual vivimos gran parte del siglo XX, sometidos a la esclavitud de los monopolios y a la miseria esparcida por la apropiacion privada de las riquezas.

La nación surgió y terminó de completarse mediante la Revolución, hecho por el cual los cubanos estamos fabricados de lucha y de resistencia. No solo por el levantamiento insurgente que triunfó en el 59, sino por una continuidad histórica que inicia en Hatuey y Guamá, y nos acompaña hasta hoy, para definir como signo cimero del carácter nacional, a la rebeldía. Somos una isla rebelde.

Los discursos actuales provenientes del Norte no son distintos a los del pasado siglo; la similitud es descomunal. Bajo estas señales bien vale recordar a Cintio Vitier: “Lo que está en peligro, lo sabemos, es la nación misma. La nación ya es inseparable de la Revolución que desde el 10 de octubre de 1868 la constituye, y no tiene otra alternativa: o es independiente o deja de ser en absoluto. Si la Revolución fuera derrotada caeríamos en el vacío histórico que el enemigo nos desea y nos prepara, que hasta lo más elemental del pueblo olfatea como abismo”. (2)

Hoy la nación se planta ante la historia con el mayor de los retos frente a sí y el temple para asumir cualquier empresa, adquirido en la forja del carácter nacional, irredento, persistente y valiente.

Cuba, que no debe su independencia a los EEUU, parece tener la maldición derivada de una obsesión histórica, donde las pretensiones de dominación y sometimiento, proyectan sobre el destino nacional una sombra empeñada en dividir y corromper el ejercicio íntegro de los hijos de la isla.

Tales pretensiones han cambiado de signo en décadas de experimentaciones y hoy se auguran nuevos cambios en aras de un mismo objetivo, sin que la posibilidad de la tolerancia de una Revolución socialista tenga asomo en los planes del vecino, ni que el destino de los isleños pueda ser otro que obedecer ese camino impuesto, para ellos inminente, para nosotros imposible.

Así, hemos derrotado los imposibles cada vez que se han presentado, y pese a eso, nuestra persistencia no ha sido premiada con la paz del reconocimiento. La rebeldía no ha sido perdonada y no importa cuantas evidencias se acumulen del apoyo al rumbo elegido, siempre habrá fuerzas intentando torcerlo.

Como dijera Cintio, jamás fuerzas tan poderosas se emplearon tan mal. Al borde del siglo aún; la nación emergida de la rebeldía libra una batalla existencial, al mismo tiempo, contra las ambiciones externas y los ánimos internos de anexión, intactos, minúsculos en número y esparcidos por el mundo, pero amplificados por una maquinaria de información que ha convertido en campo de batalla las redes de Internet, para reescribir la historia y borrar nuestro futuro antes de que acontezca, como sugería Taft.

Con persistencia robótica, se intervienen y censan todas las causas movilizadoras, y se manipulan los ánimos grupales, locales y nacionales, para dar cuerpo a un ejército de ocupación que no tenga que desembarcar y donde los hombres se enlistarán, o bien porque serán capaces de empuñar las armas contra su patria, o bien porque serán incapaces de tomarlas para defenderla.

Se aplica una modalidad de guerra que pretende sembrar la insurgencia y bombardear la capacidad del Estado de conducir la sociedad, disparando, como señalara el Presidente de la República en días recientes, todo el tiempo y por todos los flancos posibles.

El objetivo final, añorado e impulsado, es lograr utilizar contra Cuba su propia rebeldía, empujando a un suicidio divisivo y sedicioso, a todo un pueblo, mediante un proceso de amnesia colectiva dirigido a matar la cultura, la identidad, la legalidad, la vergüenza, el decoro y la honradez, etc, etc, etc.

Se pretende sembrar el caos, como dijera Allen Dulles, jefe de la CIA en los días de Girón, que harían contra la Unión Soviética, para lograr, de un modo imperceptible pero efectivo, «la muerte de su autoconciencia» y la aceptación de una nueva realidad diseñada desde afuera y sembrada adentro, bajo un esquema que ha sido repetido en decenas de ocasiones y casi siempre ha funcionado, para desgracia de los pueblos.

En las escenas de la necesaria serie televisiva “LCB: La otra guerra”, se observa cada domingo el estado deseado por los enemigos de la paz de la nación y el objetivo final de la modalidad de guerra con que se nos agrede.

Y bien urge entender que estamos en guerra, aunque no esté la muerte presente para llevarnos el dedo por sobre el hilo de la vida. Comprender que la temporalidad de los esfuerzos de la nación para su defensa, está definida por la existencia del imperialismo, independientemente del signo político o el discurso de los gobernantes vecinos.

La agresividad de la actual administración estadounidense, que ha roto récords históricos de frecuencia e intensidad, harían parecer bondadosos los rumbos de cualquier sucesor, que reduzca aunque sea un poco la saña sancionadora y la retórica violenta. Pero cuidado cubanos, que los cambios bruscos de temperatura se usan con frecuencia para quebrar a los aceros más duros.

En tiempos tan complejos e impredecibles, la única manera de no errar el rumbo es construir desde la historia. En ella están todas las soluciones y todos los asideros que la patria precisa. En ella está la causa de la rebeldía y está Martí, luz y brújula moral de la nación cubana.

De su pluma conocemos la esencia de los hombres y los pueblos. Nos alerta que estos últimos están hechos de «hombres que resisten, y hombres que empujan; del acomodo, que acapara, y de la justicia, que se rebela: de la soberbia, que sujeta y deprime, y del decoro, que no priva al soberbio de su puesto, ni cede el suyo». (3)

Y por eso es inamovible nuestra rebeldía, porque tiene como causa la justicia. Quienes nos adversan, no tienen la justicia de su lado, ni asiste moral a su obra, para privar a un pueblo de su derecho a elegir su destino.

Porque «de los derechos y opiniones de sus hijos todos está hecho un pueblo, y no de los derechos y opiniones de una clase sola de sus hijos» y la Revolución consagró el derecho de los humildes, destrozando la dominación mediante la cual una clase oligarca entregaba a empresas yanquis los recursos y las riquezas de la tierra isleña, y con ello se convirtió en un obstáculo a derrocar, por causas que aún hoy motivan la política agresiva de la nación más poderosa del planeta.

A pesar del paso del tiempo, la tozudez imperial tiene como base las mismas percepciones de hace dos siglos, que no permitieron reconocer la rebeldía y luego no permitieron reconocer la independencia.

Hoy no reconocen a la Cuba socialista, ni se admiten las evidencias de que es esa la decisión de la mayoría del pueblo cubano, pues, como expresara el General de Ejército Raúl Castro Ruz, hubiera sido imposible obligar a todo un pueblo contra su voluntad. Es evidente que la rebeldía de los cubanos, jamás lo hubiera permitido.

Los líderes del imperio persisten en la añeja elucubración de que la isla no es capaz de gobernarse por sí sola. Aún piensan que los cubanos no somos capaces y la única vía de Gobierno posible, es aquella que nazca de la tutela de EEUU, bajo la fórmula de la neocolonia.

La Revolución acabó con el tutelaje y aplicó la fórmula martiana de que el «gobierno de un pueblo es el arte de ir encaminando sus realidades, bien sean rebeldías o preocupaciones, por la vía más breve posible, a la condición única de paz, que es aquella en que no haya un solo derecho mermado».

No somos perfectos, lo sabemos. Y lo sabía Martí cuando predijo que «en un día no se hacen repúblicas; ni ha de lograr Cuba, con las simples batallas de la independencia, la victoria a que, en sus continuas renovaciones, y lucha perpetua entre el desinterés y la codicia y entre la libertad y la soberbia, no ha llegado aún, en la faz toda del mundo, el género humano». Pero continuamos, haciendo por la tierra patria y por el mundo, que es la patria mayor, sin esperar a cambio nada más que el agradecimiento, si es de los amigos; y de los enemigos el respeto por nuestros esfuerzos y resistencia.

Nuestra rebeldía merece respeto. Y no es obstinación ciega o fanatismo errático, es fe profunda y amor por ideales que no, no son demasiado elevados como decía Taft, sino necesarios para que un mundo mejor nazca sobre la barbarie que el capitalismo ha sembrado y cuyas evidencias ha dejado más palpables que nunca, la pandemia global que durante seis meses ha azotado a la humanidad.

Hoy deseo volver a Cintio para entender mi rebeldía y la nuestra, y para visualizar el rumbo entre la tempestad, que como dice Buena Fe, no se anima a escampar.

“Estamos hechos de no aceptación, de desobediencia soberana. Si luchamos contra todos los imposibles, cómo rendirnos ahora que todo lo hemos hecho posible. De nosotros depende sin duda. Al fatalismo de la derrota no podemos oponer la predestinación de la victoria. Sería demasiado cómodo, demasiado irreal, demasiado peligroso. Pero si podemos oponer la fe en la victoria”.

“A la obra, pues” -dijo el profeta. “Estamos en el momento más difícil de nuestra historia, cuando hasta los caminos de salvación se revelan llenos de peligros, cuando la lucidez le disputa al coraje la primera línea de defensa. Lucidez y coraje tienen que unirse con aquella imaginación que Martí llamara «hermana del corazón». Una imaginación aliada de la ciencia y de la técnica, de la agricultura y de la industria, de la defensa militar y la política, al servicio de la justicia y la fraternidad entre los hombres, no del éxito egoísta, no del consumismo devastador, no del lucro. Tampoco de la irrealidad de una tecnología que pretende desustanciar al hombre. Nunca mayores fuerzas se emplearon tan mal. Obligada a batirse con la insensatez del mundo a que fatalmente pertenece, amenazadas siempre por las secuelas de oscuras lacras seculares, implacablemente hostilizada por la nación más poderosa del planeta, víctima también de torpezas importadas o autóctonas que nunca en la historia se cometen impunemente, nuestra pequeña isla se aprieta y se dilata, sístole y diástole, como un destello de esperanza para sí y para todos”.

Hay un plan; un plan para privarnos de nuestra rebeldía y reinsertar a la isla en la constelación de estrellas de la unión norteña, bien por la conquista forzosa y evidente; o bien por la implantación de marionetas, que gobiernen al servicio de embajadores e interventores. Para ello el obstáculo es la Revolución y para derrocarla el plan incluye la erosión moral, ética, política e ideológica de los cubanos; la sobreescritura de la historia patria y la importación de valores y costumbres que la modernidad impone y los individuos asumen cual si no hubiera alternativa.

Para vencer tales empeños, volvamos a Martí: “Plan contra plan” – alertó. Esa es la doctrina; la esperanza; la ruta del triunfo. La rebeldía de la isla es nuestra mayor razón de orgullo. Un día fuimos un Ejército Rebelde, hijo de libertadores, y de sus armas luminosas emergió libre y pujante la Patria nueva. Hoy somos un pueblo rebelde, negado por esencia, al sometimiento y la castración que significa el tutelaje extranjero.

Seguirán los teóricos del caos rascándose la cabeza. No hay forma de doblegarnos; no vamos a deponer nuestra rebeldía, que sería como deponer la bandera patria, cuya estrella puede ondear soberana, porque está custodiada por sangre libertaria y rebelde.

Imagino que aquella mañana en la colina universitaria, en 1906, ideas como estas deben haber pasado por la mente de los jóvenes que escuchaban el discurso del interventor. La historia posterior demuestra que así tuvo que ser. Al oír la maldición de Taft, algún joven debe haber pensado en Maceo y en Martí, y en ese instante, en voz baja, haber hecho el juramento que tantas veces en la historia hemos hecho los cubanos y que nosotros mismos hicimos el día en que vimos elevarse sobre La Habana el avión que llevaba al presidente yanqui que había sugerido el olvido de la historia: yo soy el Ejército Libertador; aun guardo el machete de mi abuelo, soy hijo de un pueblo rebelde, soy el obstáculo a tus planes; soy millones; soy Cuba.

Referencias.

1. “Speech of Wm, H. Taft, Provisional Governor of Cuba, at the opening Excercise of the national University of Havana”, 19 de octubre de 1906, en US Congress House of Representatives, Annual Reports of the War Department for the Fiscal Year Ended June 30, 1906, 59 th Congress, 2nd Sesion, document No. 2, 3 vols.v Washington D.C., 1906, vol. 1, pp. 541-542.

2. Vitier, Cintio, «Discurso de la Intensidad», tomado de: http://www.granma.cu/opinion/2018-09-11/discurso-de-la-intensidad-parte-iii-y-final-11-09-2018-18-09-03

3. Martí, José, «Los pobres de la tierra», Patria, 24 de octubre de 1894. Obras Completas (La Habana, 1963-1966), T.3 pp.302-305.

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