La cultura en el corazón de la Guerra no Convencional

“La cultura es lo primero que hay que salvar”

                                   Fidel Castro Ruz

Por: José R. Rodríguez.

Abro y leo por enésima vez un manual de Guerra no Convencional de las FFAA de EEUU. No es una obsesión. Sus páginas describen componentes de mi realidad. Busco respuestas a una interrogante: ¿por qué la cultura?

Vigente aún y públicamente accesible, a diferencia de otros más recientes que permanecen clasificados, la Publicación de Técnicas del Ejército ATP (por sus siglas en inglés) 3.05-1 [1], del 2013, es uno de los documentos doctrinales más abarcadores sobre Guerra no Convencional, publicados hasta la fecha. Sus lineamientos exceden las competencias de los militares y anticipan las estrategias de agencias, departamentos y hasta organismos no gubernamentales, dentro y fuera del Gobierno estadounidense.

Sus 303 páginas parecen estar escritas en torno a una frase contenida en su interior, sin la cual mucho de lo planteado carecería de sentido: «el apoyo de EEUU a la subversión llevada a cabo por actores nativos es el corazón de la Guerra no Convencional».

«Subversión», definida como una actividad y a la vez esencia de la misión. Un acto de modificación de realidades, pero no físicas, sino morales, ideológicas, políticas y culturales, entre otras. Un acto de quiebre, de ruptura.

El término cultura se conjuga en 21 ocasiones en el referido Manual. No es posible subvertir lo que no se conoce y por eso la comprensión de los componentes culturales del «área de operaciones» es fundamental para el esfuerzo de Guerra no Convencional. De ello depende el éxito de la misión.

Ah sí, porque eso somos: un área de operaciones (AOR, por sus siglas en inglés), no un pueblo, no una nación. Somos un «país objetivo», un «blanco».

Notarán que no vamos a referirnos en este y por lo general en la mayoría de nuestros artículos a los individuos o grupos que asumen dentro del país la tarea de ejecutar el guión subversivo. Ellos son, en la mayoría de los casos, irrelevantes desde el punto de vista estratégico, y no podemos perder de vista el verdadero enemigo.

La Guerra no Convencional es una opción política de utilidad estratégica para EEUU y por lo tanto precisa de actores internos que solo cumplen un rol asignado mediante un patrocinio. Si ese vínculo se rompe, tales elementos dejan de existir, se vacían, como cuando se extrae la mano de una marioneta.

Tal distinción evita caer en la trampa de nombrar grupos o personas, «movimientos» o fechas simbolizadas, que no tienen respaldo en la vida material. Viven en la narrativa mediática enemiga, y en la intención de los patrocinadores.

En el caso de Cuba, ha sido evidente la ponderación del sector cultural para instalar tales componentes. Desde hace años es clara la articulación de segmentos, polaridades y oportunismos, tendentes a simular una pseudovanguardia cultural reprimida, que pueda vestirse de legitimidad al rozar y a veces manipular, reclamos e inquietudes reales de un sector dinámico y diverso de la vida nacional.

¿Revolu$ión?

Nada de ello es casual. Cuando se lee la doctrina se comprende que es lo apropiado; lo necesario.

La doctrina de Guerra no Convencional no nació en dos días. Llevan décadas bebiendo de experiencias de luchas internas y movimientos de liberación exitosos. Sus referentes insurgentes más citados, paradójicamente, son los de izquierda: Lenin, Mao, etc.

Por eso valoran los componentes de la resistencia popular y aluden a la ideología. «Es esencial que el mensaje llegue a las personas y tenga un
significado para su modo de vida» -dicen. «La insurgencia no puede ganar apoyo pasivo o activo sin alcanzar estas metas. Esto hace que el lenguaje, la cultura, etc, sean particularmente importantes».

Ya sabemos que la guerra no es solo un fenómeno político-militar, es un multifenómeno; un rasgo del comportamiento humano que es capaz de adaptarse y ocupar todo los espacios de las relaciones entre los hombres, con variables grados de violencia directa, para conseguir un mismo fin.

Las fuerzas que precisan la destrucción de toda alternativa al capitalismo y a los esquemas del superconsumo y el Estado mínimo, han confirmado ya que no son las vías violentas la forma más efectiva de eliminar la resistencia revolucionaria allí donde persista.

Aterrorizados con el empantanamiento de sus recursos bélicos al estilo Vietnam, Iraq y Afganistán; necesitados de mantenerse a tono con las potencias emergentes o emergidas, que retan su hegemonía; y habiendo confirmado que es más fácil y barato, el imperialismo se dedica a destrozar la cultura y las identidades nacionales, como vía expedita a la conquista.

Es así como la guerra adquiere su signo menos visible desde la perspectiva de la violencia, pero a la vez más intenso en el plano social; el llamado «dominio humano» de los conflictos. La guerra cultural no es una ilusión.

La guerra es por las «mentes y los corazones».

Si cada agresión cultural y de información tuviera la sonoridad de un cañonazo, sería permanente el tableteo de los bombardeos sobre nuestras ciudades; en medio de las campañas de desgaste contra la identidad de las naciones.

La imperceptibilidad de estos procesos los hace peligrosos y a la vez efectivos. Los agredidos no pueden notar las agresiones. Son seducidos; idiotizados; influidos y manipulados por recursos tecnológicos que ya personalizan la agresión y permiten hacer la guerra contra un Estado si, pero también contra cada individuo, en pos del objetivo supremo de que sean los pueblos los enemigos de sus gobernantes, convirtiendo al hombre en enemigo de sí mismo.

Toda la resistencia pasa a través de la cultura y por eso hay que subvertirla. Aferrarse a los símbolos y tradiciones como piedras salvadoras en la corriente del río; levantar el orgullo por lo propio y ser receptores críticos de lo ajeno; comprender las esencias de la guerra, sea cual sea su frente, para ser soldados efectivos en cualquier teatro de operaciones.

En el caso de Cuba, ese teatro es en extremo complejo. Considerarlo poco intenso o que el enemigo aún calienta motores para fases superiores, es una actitud desmovilizante, en un fenómeno que solo aumentará su intensidad, si los gastos corrientes fracasaran en lograr sus objetivos. Jamás debe subestimarse al adversario.

La guerra cultural contra Cuba tiene como objetivo fundamental arrancar la Revolución de la esencia de la nación que se edificó mediante ella. Proponer la aceptación por los cubanos de un proyecto nacional no rebelde, que pueda convivir con la sumisión como requisito de una prosperidad artificial y selectiva. Propiciar el olvido, o peor aún, la reinterpretación de la historia, para acoger nuevamente a héroes de pedestal, sin la comprensión crítica de las causas que los llevaron a la decisión de luchar. Separar a padres de hijos; a líderes de sus seguidores, a emigrados y nacionales, etc, para que la desunión sea la materia del caos y la ruta más directa a la destrucción de la nación.

No se trata de objetivos nuevos. Los métodos, eso si, son distintos. Y no debemos ignorar que son abrumadoramente más efectivos. Dedicados 24x7x365 a separar a los cubanos; a sembrar odios de clases, de raza, de religión, de modas, de lo que sea, pero odios, que son el material de las municiones contraculturales y el antagónico primero del amor, núcleo de la cultura y la identidad nacional.

Por eso Santiago cantaba sobre los enamorados; por eso el Che decía que los revolucionarios están guiados por sentimientos de amor; por eso la Patria se lleva en el pecho y duele como una pasión incurable, cuando se le agrede o mancilla.

El amor es el remedio, la unidad es la vía, la lucha no termina aún. Contra la guerra cultural libra la nación, adentro y afuera, sus más duros combates. Los diálogos solo son posibles si la traición no forma parte del plan de una parte de los dialogantes.

Dentro de cada mente un campo de batalla, en cada corazón una elección.
No tengamos duda, si la Revolución enamora, vence; si Cuba salva su cultura, salva su destino.

Consulte la doctrina aquí:

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