Guerra no Convencional: ni «suave», ni «blanda».

Equipo Red26.

El 19 de marzo de 2011, solo un mes después de que «manifestantes pacíficos» salieran a la calle en varias ciudades de Libia a «luchar por la democracia», bombarderos estratégicos de EEUU despegaron de sus bases y sobrevolaron medio planeta, para descargar toneladas de bombas y metralla sobre los puestos de mando, defensas antiaéreas, unidades militares y objetivos estatales de aquella nación.

Comenzaba así la operación «Odisea del Amanecer», la sombrilla aeronaval de la OTAN y EEUU que, avalada por una autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, impuso una zona de exclusión aérea, para «proteger al pueblo libio» del «tirano que lo reprimía y asesinaba».

Bajo esa cortina de humo y «plomo», aquellos manifestantes, que luego no fueron tan pacíficos, obtuvieron el apoyo aéreo que les permitió, articulados en un «ejército insurgente», derrotar a las maltrechas fuerzas armadas libias, y dejar el destino de la Gran Jamahiriya, en manos de Occidente, iniciando una etapa sombría cuyo final está lejos de vislumbrarse.

Muammar Al Gadafi, el líder libio que fue acusado de masacrar a su pueblo activando la «necesidad de proteger», era asesinado semanas después, por los mismos «rebeldes», cuando las autoridades fueron totalmente derrotadas por una extraña «revolución», que tuvo en sus inicios las protestas «pacíficas», y los reclamos «democráticos» que inundaron las redes, en lo que pudiera considerarse una de las génesis de las «revoluciones» de redes sociales que el mundo observaría con frecuencia en los años por venir.

La administración Obama fue clara en su postura: «consideramos más legítimo que el cambio de régimen lo lleve a cabo un movimiento interno»; son los propios libios los que marchan contra Trípoli, EEUU no es responsable de nada.

Falso. EEUU había sido el causante de todo y las evidencias son abundantes. Cuando Barack Obama visitó La Habana cuatro años después de aquellos acontecimientos, la estrategia aplicada en Libia se había extendido a Siria, dando nacimiento al Estado Islámico; había fructificado en Ucrania para acercar la OTAN a las fronteras de Rusia y había brincado al Caribe, para desplegarse con toda su fuerza contra Venezuela, durante los años que siguieron a la partida física de Hugo Chávez.

En los editoriales y titulares se hizo común el término «golpe blando» o «suave», y los coqueteos teóricos con todo un cuerpo epistemológico de raíz diversa, que ha pretendido por años ponerle apellidos a la guerra, para presentarla «híbrida», «de cuarta generación» o «soft», y de ese modo sugerir que se trata de algo nuevo, ante lo cual estamos indefensos.

La realidad es otra y las lecciones son vastas. La guerra -para la mayoría de la gente- está definida por su estrecha relación con la muerte violenta; por el ejercicio de la violencia entre bandos, grupos o Estados. Pero la guerra no es solo eso y mientras más se adentra la humanidad en terrenos desconocidos de modernidad e interconexión multidimensional, se hace más evidente que la violencia no es solo apreciada a través de la sangre y el fuego; que la única forma de conquistar no es invadir y que -entre otras miles de realidades- se puede perder una guerra sin siquiera saber que estamos siendo agredidos.

Llamarla «suave» suponiendo que no habrá muertes no contribuye a fomentar la percepción de riesgo y movilizar a todas las fuerzas para su enfrentamiento. Lo cierto es que la práctica demuestra que la violencia, tarde o temprano, hace su aparición, y los muertos comienzan a contarse, primero por decenas, luego por miles, cuando ya nadie recuerde que un día, nos adormecieron con la confusa semántica de la «no violencia».

En las primeras horas de la intervención occidental en la guerra de Libia, 110 cohetes crucero demolieron el país. Se trataba del apoyo convencional a fuerzas irregulares, fase necesaria si los pueblos resisten las revueltas internas, y los cabecillas de «oposición» no logran por sí solos derrocar al Gobierno.

¿Me pregunto cómo harían en el caso de Cuba? Sabiendo que aquí, según aprendimos en Girón, ninguna intentona contrarrevolucionaria dura más de 72 horas. En cualquier caso, algo tengo claro: ningún plan del imperialismo contra nosotros es «suave» o «blando». El juego siempre será al duro, y la única forma de evitar la guerra, seguirá siendo prepararse para ella, venga con el nombre que venga.

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