Henry Reeve: un soldado de la libertad.

Por: Gustavo Robreño Díaz.

En momentos en que la pandemia del Coronavirus amenaza a todos sobre la faz de la tierra, y aun cuando el único antídoto científicamente probado para enfrentarla es la “solidaridad humana”, el gobierno de Estado Unidos se cuestiona y politiza el gesto de los pocos que han respondido en auxilio de la especia humana.

Así sucedió con Cuba, donde alrededor de 14 brigadas con más de 600 profesionales de la salud acuden al llamado de un grupo importante de países, que en número aproximado de 40 han requerido apoyo para superar la pandemia.

Según Washington, los gobiernos debieran abstenerse de requerir ayuda médica a Cuba, insinuando –entre otras tantas sandeces– en un nota difundida por el Departamento de Estado y su embajada en La Habana, que el gobierno de la Isla retiene parte del salario de esos profesionales.

En Nota de Protesta emitida por la cancillería cubana, el gobierno de la Isla tachó esas afirmaciones de “inmorales y ofensivas para Cuba”.

Pero igualmente, y en el más estricto rigor histórico, son también humillantes para el pueblo de los Estados Unidos, aunque “el vecino” que gobierna hoy ese país, como el del romance, “no entienda ni una palabra”.

Porque de seguro el magnate inmobiliario ignora, como otras tantas cosas de Cuba, que ese personal de la salud que desde hace años da con desinterés lo mejor de sí ¡incluso la vida! en los más apartados rincones del mundo se aglutina en torno al nombre de Henry Reeve: !un norteamericano!

Sí, un norteamericano que a los 19 años dejó su natal Brooklyn, New York, para unirse a la causa independentista cubana y convertirse, por méritos sobrados y con sólo 26 años, en General de Brigada del Ejército Libertador.

Inspirado en la prédica de Lincoln

En efecto, Henry Mike Reeve Carroll nació un día como hoy 4 de abril, pero de 1850, en esa urbe neoyorquina abrumada hoy –y sin respuesta oficial– para detener la epidemia del coronavirus, que ya cobró allí más de 3 mil fallecidos y casi 85 mil contagiados.

Como él mismo contara en Cuba, nació en un hogar de clase media, de estricta vocación presbiteriana, en el seno de la que recibió una esmerada educación.

Siendo adolecente, comenzó a simpatizar con las ideas emancipadoras del presidente Abraham Lincoln, actitud que se radicalizó luego del asesinato del mandatario –en abril de 1865– al punto de alistarse y combatir por la causa del norte anti-esclavista en la guerra de secesión.

A partir de octubre de 1868, seducido por las ideas independentistas y antiesclavistas de los cubanos, que en Nueva York referían los sucesos que tenían lugar en la Isla posterior al levantamiento armado en La Demajagua, decide vincularse directamente en la tentativa libertaria.

Es así que se enrola entre los integrantes de la expedición del vapor “Perrit”, que al mando del también norteamericano, General Thomas Jordan, desembarcó el 11 de mayo de 1869 por la Bahía de Nipe, en la costa nororiental de Cuba.

No precisó de más tiempo: ese propio día tuvo su primer encuentro con el enemigo y cinco días después recibió su primera herida. El 27 de ese propio mes, junto a un grupo numeroso de expedicionarios, cae prisionero de los españoles y “todos” son fusilados.

Justo en ese instante empieza a entretejerse su leyenda épica en Cuba. Dado por muerto y con cuatro impactos de bala, logra arrastrase entre los cadáveres de sus compañeros y vaga sin rumbo fijo, hasta que es encontrado por unos lugareños que le curan y lo “devuelven” a la vida.

Repuesto de las heridas, y tan pronto como en octubre del propio 1869, ya está de nuevo en combate. A partir de ese instante, la hoja de servicios de “El inglesito” –como lo llamaron de inmediato–, es impresionante. En ella se plasman más de 400 acciones combativas, en 10 de las cuales resultó herido.

Seriedad y valor probado

En marzo de 1870 es designado al primer escuadrón de caballería de la brigada norte de Camaguey. Su destreza inmediata en la equitación llegó a ser tal, que en tan sólo un mes ya era el jefe de la sección de exploración.

Su arrojo y valor se propagaron de tal modo entre combatientes y jefes, que en marzo de 1871 pasó a integrar la ya mítica caballería camagüeyana, subordinada directamente al Mayor General Ignacio Agramonte, por quien llegó a profesar Reeve una profunda y declarada admiración, que el gallardo jefe reciprocó con su confianza.

Baste con recordar que en mayo de 1871, cuando Agramonte escogió lo más selecto de su tropa para ir al rescate del brigadier Julio Sanguily, entre los 35 elegidos y al frente de la vanguardia, estaba el ya capitán Henry Reeve.

Tanto se confiaba en él, que tras la caída en combate de “El Mayor”, en mayo de 1873, el gobierno de la República en Armas nombró interinamente al ya coronel Reeve al frente de la División, hasta que en julio asumiera el mando el Mayor general Máximo Gómez.

A las órdenes del insigne dominicano, que lo nombró jefe de la caballería de la primera División, no fueron menos sus lauros y su arrojo. En el combate de Santa Cruz del Sur, el 28 septiembre de 1873, en el afán por neutralizar un cañón enemigo que diezmaba su caballería, recibió una descarga que, a punto de matarlo, le inutilizó para siempre la pierna derecha.

Parecía el fin de su brillante carrera militar en Cuba cuando, seis meses después y luciendo ya sus estrellas de General de Brigada, se diseñó y adaptó él mismo una prótesis metálica para la pierna baldada, que había quedado bastante más corta que la otra.

Su arma era la caballería, por lo que de igual modo se inventó un dispositivo, fijado con ligas a la montura, que lo mantuviera firme sobre su cabalgadura. Así, supliendo aptitud física con disposición y heroísmo, el 20 de junio de 1874 se incorporó a la contienda como jefe de la primera División de Camaguey.

Así, “atado” literalmente a su caballo, volvió a combatir en los campos de Cuba. Y no para permanecer en segunda línea, como lo prueba el hecho de que, tan pronto como el 4 de julio, fue herido nuevamente en una mano y en el pecho.

Cuando en enero de 1875 el mayor general Máximo Gómez cruza la trocha de Júcaro a Morón para extender la guerra a occidente, el Brigadier Reeve es designado jefe de todas las fuerzas del Camaguey.

Disciplinadamente acepta, pero inmediatamente se remite al ejecutivo mambí y pide se le nombre en un puesto de más peligro junto a las fuerzas que combatían en territorio villareño.

Es autorizado y el 5 de octubre se incorpora a las fuerzas del general Gómez, quien lo nombra jefe de la Segunda División, que comprendía la jurisdicción de Cienfuegos y Matanzas, provincia esta última en la que penetra el 30 de octubre con un escuadrón de caballería, convirtiéndose así en la Vanguardia del contingente invasor.

A finales de 1875 reorganizó la Brigada de Colón, de la que fue nombrado su jefe, y con la cual sembró el pavor de los españoles por combatir cada vez más cerca de La Habana y en una provincia en que se concentraba buena parte de producción azucarera del país.

El 4 de agosto de 1876 obtiene informes de que una columna española se acerca al poblado de Yaguaramas, en las inmediaciones de la Ciénaga de Zapata, a la que sale a su encuentro en desigual carga al machete. Cuando la acción se hace insostenible, ordena la retirada y se mantiene haciendo fuego sobre el enemigo para cubrir a sus hombres.

En ese instante una descarga mata su caballo, sin el cual le era imposible seguir a los suyos. Con esfuerzo y apoyado en la propia bestia logra ponerse de pie y continuar disparando. Así se mantiene hasta que, agotado y sin municiones, los españoles se abalanzan sobre él.

Pero no calcularon que un hombre de la estirpe y dignidad de Henry Reeve no se rinde ni se entrega, y prefiere mil vences la muerte que el ultraje. Antes que pudieran ni tocarlo, se llevó el revólver a la sien e hizo su último disparo en esta tierra…

Dicho esto, sólo resta precisarle a Mr. Trump, justamente hoy que se cumplen 170 años del nacimiento de Henry Reeve, que es imposible pedir a esos hombres y mujeres cubanos que combaten epidemias y desastres en cualquier lugar del mundo que claudiquen, que no combatan y que se rindan.

¡No lo aceptarían jamás!, porque ello implicaría traicionar la memoria del Brigadier Reeve, aquel neoyorquino cuyo nombre los convoca, y que amó a Cuba como “su segunda patria”.

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