Estados Unidos: una cruzada contra la medicina cubana.

Por: Gustavo Robreño Díaz.

Desde finales de 2019 la epidemia del SARS-CoV-2, el nuevo coronavirus, ha disparado la alerta y acaparado la atención mediática a nivel global.

Pugnas electorales, eventos culturales, ejercicios militares y hasta juegos olímpicos, han cedido espacio ante la prioridad consensuada de salvar al mundo de este azote, que no ha reconocido fronteras, religiones ni estratos sociales.

De acuerdo con expertos de la Organización Mundial de la Salud y según la experiencia de los países en que mayores estragos reporta la pandemia, la “solidaridad humana” es el único antídoto científicamente demostrado para enfrentarla.

Es así que, además de implementar un minucioso y coordinado sistema nacional de detección y enfrentamiento, el gobierno cubano decidió aceptar la solicitud de enviar especialistas en Salud a naciones tan distantes y diversas como Italia, Andorra, Venezuela y Jamaica, por solo citar algunas.

Sin embargo este gesto altruista, reverenciado “de corazón” por tanta gente en este mundo, generó una vez más ofensivos e infundados cuestionamientos por parte de la actual administración norteamericana a la colaboración médica cubana.

Según la Casa Blanca, los gobiernos deben abstenerse de solicitar ayuda médica a Cuba, con el argumento de que el personal de salud trabaja en condiciones “atroces” y que el gobierno de la Isla “se queda con la mayor parte de sus salarios”.

Por increíbles que parezcan, esta no es la primera ofensa ni la primera campaña de descrédito de las autoridades norteamericanas en contra de los médicos y la medicina cubana.

Un poco de historia

Para mediados del siglo XIX, la Fiebre Amarilla era el principal azote epidémico de humanidad.

En América, por ejemplo, memorias de viajes y otros documentos de la época describen que era común, en señal de “cuarentena”, ver banderas amarillas ondeando en azoteas y balcones, para alertar a la gente de que no se acercara, so pena de contraer la enfermedad.

Resultaba un enigma al que se dieron a lo largo del tiempo explicaciones, desde oscurantistas hasta apocalípticas, pero sobre el cual era poco lo que científicamente se hacía y escaso lo que ciertamente se conocía.

No fue hasta febrero de 1881, como delegado ante una Conferencia Sanitaria Internacional que tenía lugar en Washington, que un médico cubano sorprendió a la comunidad médica mundial al exponer allí los resultados de sus estudios sobre la Fiebre Amarilla.

Contrario a lo que muchos pensaban, para el aun desconocido investigador, Carlos Juan Finlay, uno de los requisitos para la propagación de la enfermedad era «la presencia de un agente cuya existencia sea completamente independiente de la enfermedad y del enfermo».

Sin embargo, resultó tan novedosa la tesis del galeno cubano, que chocó con la incredulidad de la comunidad médica, que daba como válida la teoría del bacteriólogo italiano, Giuseppe Sanarelli, según la cual la Fiebre Amarilla se adquiría a través del “Bacillus Icteroides” y era el aparato respiratorio la vía de entrada al cuerpo humano.

¿Y quién era el desconocido cubano?

El Doctor Carlos Juan Finlay Barres, nació en la ciudad de Puerto Príncipe, actual Camagüey, el 3 de diciembre de 1833. La medicina no le fue ajena en su infancia, pues esa era la profesión que ejercía su padre en esa ciudad.

Realizó sus estudios de medicina en Filadelfia, Estados Unidos, graduándose en marzo de 1855. Revalidó su título en la Universidad de La Habana en 1857 –ciudad en la que comenzó entonces a ejercer como médico– y cursó su especialidad en Francia, de 1859 a 1861.

A pesar de haberse especializado en cirugía oftálmica, sus contemporáneos cuentan que ya desde entonces se mostraba preocupado por descubrir el origen y formas de transmisión de diversas enfermedades, entre ellas, la Fiebre Amarilla.

Es a partir de ese momento que trabajos suyos se dan a conocer en publicaciones especializadas de la época y son presentados ante las autoridades sanitarias españolas, que lo ignoraron, y para quienes era solo “un loco que perseguía mosquitos”.

A su regreso en 1881 de la citada conferencia en Washington, las autoridades coloniales españolas –ante su insistencia– le autorizan a experimentar su teoría con seres humanos.

Los resultados fueron tan alentadores, que en agosto de ese propio año, ante la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, presentó por vez primera su teoría sobre la transmisión de la Fiebre Amarilla, detallando que ese agente externo era el mosquito Culex o Stegomyia, como entonces se le llamaba al Aedes Aegypti

Aunque sus conclusiones fueron nuevamente rechazadas, Finlay nunca se desanimó ni dejó de acumular información adicional, que le permitieran en algún otro momento confirmar su hipótesis.

Sin que nadie reparara en él y sin otro sostén que no fuera el de saberse poseedor del remedio a un flagelo universal, estudió el comportamiento del mosquito, su anatomía, sus hábitos de alimentación en diversas condiciones de temperatura y presión atmosférica, y hasta su distribución geográfica

No fue hasta 1900, casi veinte años después, que se presentó nuevamente a Finlay la oportunidad de demostrar la veracidad de su teoría.

Un cruel despojo

Con el objetivo de combatir la Fiebre Amarilla que diezmaba las tropas norteamericanas que habían ocupado la Isla de Cuba y escamoteado su independencia en 1898, llegó a Cuba comisión médica del Ejército de Estados Unidos, encabezada por el Mayor Walter Reed.

Reed había ingresado en 1875 en el cuerpo médico del Ejército de los Estado Unidos, donde sirvió como cirujano militar, y desde 1893 ejercía como catedrático de bacteriología y microscopía en la Facultad de Medicina del Ejército, en Washington.

Es una realidad históricamente demostrada, que fue bajo la supervisión y participación directa de Finlay, que la referida comisión puso en práctica los experimentos controlados que permitieron llegar a la verdad.

Un grupo de voluntarios durmió durante 20 noches seguidas con las sábanas y la ropa de varios enfermos de Fiebre Amarilla: Ninguno contrajo la enfermedad. Otro grupo de voluntarios durmió durante 18 noches en un local con mosquitos infectados, protegidos con mallas contra los insectos: Ninguno se enfermó.

Por último, un voluntario fue expuesto durante tres días consecutivos a mosquitos infectados y al cuarto día presentó un cuadro inconfundible de Fiebre Amarilla. Así quedó demostrado que ¡Finlay tenía razón! el agente transmisor era el mosquito.

Pero increíblemente, los resultados de ese estudio epidemiológico fueron presentados por Walter Reed ¡como si se tratara de un descubrimiento propio! en la Conferencia Sanitaria Panamericana de ese propio año 1900 en La Habana.

Así el eminente sabio cubano, que con total desprendimiento había puesto en manos de las autoridades de intervención norteamericanas el resultado de largos años de paciente y denodada investigación, no fue sólo ignorado por los yanquis, sino despojado de su trascendental descubrimiento.

Parafraseando el texto de la reciente Nota de Protesta del Ministerio de Relaciones Exteriores, entonces como ahora, se trató de “una acción inmoral y ofensiva para Cuba y el resto del mundo, en momentos de una pandemia que nos amenaza a todos”

Igualmente el personal de salud de la Isla, esté donde esté, trabajará de manera anónima, sin pretender otra cosa que ese aplauso diario de su pueblo, inspirados en el legado de aquel sencillo “cazador de mosquitos”, devenido paradigma indiscutible de la medicina mundial.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea tu sitio web con WordPress.com
Primeros pasos
A %d blogueros les gusta esto: