El ultraje a Martí por marinos yanquis el 11 de marzo de 1949.

Por: Daniel Rodríguez Torres.

La Habana de 1949 era distinta a la actual. Mientras los trabajadores más humildes desarrollaban una lucha desigual para mejorar salarios y condiciones de empleo, los capos de la mafia se disputaban espacios y apostaban fuertes sumas para convertirla en el ícono del turismo asociado al juego, la prostitución y la droga.

La corrupción administrativa era rampante. Un resumen sobre la política estadounidense hacia Cuba, elaborado por el Departamento de Estado en 1950, señalaba, la baja moral y patrones éticos de las clases gobernantes cubanas entre los problemas que habían afectado las relaciones bilaterales en años precedentes.

Con relativa frecuencia buques de la marina de guerra estadounidense llegaban al puerto de La Habana en “visitas de cortesía” y para dar descanso a sus tripulaciones. Bares, prostíbulos y garitos acaparaban la atención de los indeseados visitantes que, enaltecidos por el efecto del alcohol y otros excesos, protagonizaban sonadas trifulcas callejeras.

Pero todo tiene límites, como demuestran los acontecimientos acaecidos el 11 de marzo de 1949, un día después que el portaaviones “Palau”, tres buques barreminas y un remolcador, arribaran a la rada habanera en una de aquellas visitas.

Cerca de las nueve de la noche, un grupo de marinos yanquis, miembros de la tripulación del barreminas “Rodman” merodeaba los alrededores del Parque Central habanero, hasta que llegó a los pies del monumento que allí perpetúa la memoria del apóstol de la independencia de Cuba.

El sitio tenía un significado particular. Se trataba del primer monumento de su tipo erigido en honor a José Martí en nuestro país tras el fin de la dominación española sobre la Isla. Asentado en una base que refleja momentos significativos de la historia patria, se encuentra en el mismo sitio donde antes había estado una estatua a la reina Isabel II de España, que rigió los destinos de ese país entre las décadas de 1840 y 1870. La obra fue develada el 24 de febrero de 1905, por el mismísimo general en Jefe Máximo Gómez Báez

Pero en medio de su embriaguez, dos los marinos de aquel grupo, se dispusieron a escalar hasta la parte superior del monumento. Uno de ellos logró alcanzar su propósito, tras lo cual se sentó a horcajadas sobre la cabeza de la estatua. Estimulado por la algarabía de sus acompañantes, completó su fechoría orinando sobre el monumento.

El bullicio terminó por alertar a las personas que se encontraban en el parque y sus alrededores, que al percatarse de lo que estaba sucediendo, comenzaron a gritar y a acercarse al lugar. Un fotógrafo local, que a la sazón transitaba por esa zona, captó varias instantáneas de aquel momento, que quedaron como testimonio irrefutable de lo acaecido. En muy poco tiempo, una multitud indignada rodeó el lugar y comenzó a lanzar todo tipo de objetos contra los transgresores. Estos, entre insultos, patadas y puñetazos intentaban escapar de la escena.

A porrazos se abrió camino la policía entre los indignados defensores de la memoria del Maestro, hasta que logró reducir a los marinos conducirlos hasta una estación de policía cercana. Peno no llegaron solos, sino escoltados por una nutrida representación de pueblo, que mantuvo rodeado el lugar durante varias horas, demandando castigo, hasta que, por gestiones de la sede diplomática estadounidense en La Habana, las autoridades locales permitieron que los marinos regresaran a sus buques, bajo la promesa de que serían juzgados severamente, lo que nunca ocurrió.

Ahí pudo haber terminado todo, pero no fue así. La dirección de la Federación Estudiantil Universitaria convocó a los estudiantes y al pueblo a manifestarse contra la ofensa y a exigir que los marinos involucrados fuesen juzgados por tribunales cubanos. El sitio escogido fue la Plaza de Armas, a cuyo costado se apostaba la embajada de Estados Unidos. En otra demostración de su conducta proyanqui y antipatriótica, el cuerpo policial disolvió la manifestación por la fuerza, propinando severas golpeaduras a varios de los participantes. Entre los jefezuelos de policía de aquella tarde se encontraba el teniente Salas Cañizares, que tras el golpe de Batista alcanzaría notoriedad como asesino y torturador.

Esta fue la respuesta del pueblo.

Allí también, pero en el bando de los defensores del apóstol de la independencia de Cuba, se encontraba un bisoño Fidel, el mismo que unos pocos años después iniciara su defensa por el asalto al cuartel Moncada con una frase que supo hacer realidad hasta el último día de su vida: traigo en el corazón las doctrinas del Maestro, las mismas que se edificaron en los pilares ideológicos de la Revolución que triunfó en 1959.

En un pretendido acto de desagravio, dirigido sobre todo a calmar los ánimos, el embajador y el agregado naval de EEUU en Cuba, colocaron una ofrenda floral al pie del monumento a Martí, ampliamente publicitado por la prensa. Pero el daño estaba hecho. Las imágenes de aquel deplorable incidente quedaron para la historia como triste recordatorio del desprecio del Imperio por los valores de las naciones al sur del río Bravo, el mismo del que se ufana el actual ocupante de la Casa Blanca.

Por otra parte, la enérgica respuesta popular a la profanación del monumento a José Martí puso de relieve la vigencia del sentimiento patriótico de los cubanos, así como el respeto por sus figuras cimeras.

Ese mismo sentimiento es el que moviliza a un pueblo entero contra los seres sin alma que intentan emular en su desidia con aquellos que hace 71 años treparon a la martiana estatua. Pero, qué pueden significar esos frente al niño pequeño que, en medio de los destrozos provocados por un huracán, corrió a rescatar el busto martiano, arrancado de su base por la fuerza de los vientos… ¡Nada!

Desde que vi su imagen, vino a mi mente, una idea martiana. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres (...) En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana

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