“Hierro”: un Martí de carne y hueso.

Por: José David País Santamaría.

La puesta en escena de Argos Teatro concluye con José Martí (Caleb Casas) mirando a los ojos a los cubanos que desde el público le observan expectantes. Luego de más de una hora viéndolo desempeñarse en el escenario, la mirada consigue el efecto: no desvanacerse del alma cuando, luego de apagadas las luces, Caleb desaparece llevándose a Martí tras bambalinas.

Había escuchado de la obra y leído crónicas que esta modesta no pretenderá igualar, pero no fue hasta hace poco que tuve la oportunidad de asistir a la sede de Argos, un pequeño edificio coronado por una logia, en una tranquila esquina cerca de la Plaza de la Revolución.

El equipo que dirige Carlos Celdrán asumió un reto inmenso y salió -en mi modesta opinión- victorioso. Con Martí nada puede hacerse en términos medios, o se va completo contra el desafío, o se fracasa sin remedios. Así fue su vida, y así fue Él.

Para proyectar, sin estridencias, morbos, ni mustios rincones la vida personal del más grande de los cubanos, hace falta hacerlo desde el amor por Martí y sabiendo que cualquiera de sus fallas, como hombre, no son tales si, a la luz de los siglos, supo reponerse a ellas y vencer a la muerte con la obra de su vida.

El destino de Martí no fue un destino común. Nada en Él fue simple. Le tocó vivir lo más complejo de cada capítulo de la vida. El de los últimos años, cuando fue separado de su esposa e hijo, en medio del huracán de los preparativos de la Guerra Necesaria, fue una de las pruebas más duras. Solo el amor por Cuba y el calor recibido en casa de los Mantilla evitó que la soledad lo despedazara. Era un hombre con una misión, y la vida no pudo derrotarlo hasta verla cumplida. Ni siquiera la muerte lo detuvo: “mi verso crecerá bajo la yerba, yo también creceré”; “sé desaparecer, pero no desaparecerá mi pensamiento”- sentenció.

Por eso aplaudí a Martí en Caleb Casas, a Carmen Zayas-Bazán (Maridelmis Marín); a Carmita Miyares (Rachel Pastor); a Manuel Mantilla (José Luis Hidalgo); a Waldo Franco; Víctor Garcés y Abel López. Aplaudí a todo el equipo que puso “Hierro” en escena, en tiempos en que Martí nos recuerda, desde el homenaje; las honras; el misterio y hasta desde el ultraje, que su presencia es esencial para Cuba y que somos, en definitiva, el pueblo que nació de sus sueños más febriles, como arquitecto supremo de una nación que por Él, está lista para sobrevivir a cualquier reto de la historia.

Y ese es uno de los sabores que deja “Hierro” en el alma, con esa diafanidad que solo el teatro consigue. Los sacrificios de un hombre por unir a un pueblo, que no estaba limitado -ni está- por fronteras físicas; y los sacrificios de todos los que, despues de Él y por Él, persistieron en ese empeño, merecen que sea esa la causa de nuestras vidas todas y el mayor de los esfuerzos de los hijos de Cuba: mantener la limpieza del nombre que con sangre se dignificó y asegurar, con la unidad de todos, que jamás volvamos a ser una raza de esparcidos añorando Patria, ni de súbditos incapaces de conquistarla.

Así está marcado en nuestra carne, con el “hierro” del destino, ese juramento.

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