El sabotaje a La Coubre: un crimen inolvidable.

Por: Daniel Rodríguez Torres.

Aun no comprendía el significado del alfabeto cuando escuché por primera vez del atentado al buque francés “La Coubre”, ocurrido unos años antes, el 4 de marzo de 1960. Lo supe de mi abuelo quien desde muy joven trabajó en los “muelles”, expresión que utilizaba para referirse a parte del puerto de La Habana destinada al manejo de cargas.

Aunque la corta edad no me permitía comprender la magnitud del hecho, algo percibí desde entonces: el profundo dolor y la repulsa que el brutal sabotaje causó entre las familias cubanas, cuyos esposos, hijos, hermanos o amigos perecieron desmembrados por la fuerza de las explosiones. La imagen de una antigua revista Bohemia, conservada por mi abuela terminó de conformar aquella impresión: hierros torcidos, rostros ensangrentados, vestimentas rasgadas y seres aturdidos que intentan ponerse a salvo en medio de la destrucción y el caos.

El infierno se desató un cuarto de hora pasadas las tres de la tarde, cuando una fuerte explosión, originada en la bodega No. 6 del buque, estremeció la ciudad, justo donde el mencionado buque francés descargaba 75 toneladas de granadas y municiones para la defensa del país, sometido desde entonces a una Guerra no Convencional instrumentada por la CIA. Minutos después, cuando decenas de personas se habían acercado al lugar para socorrer a los heridos, se produjo la segunda explosión, más potente que la primera. Más de 100 personas perdieron la vida aquella tarde, 34 desaparecieron y 400 sufrieron heridas o mutilaciones de diversa magnitud.

¿Y por qué lo hicieron?

En marzo de 1960 la naciente Revolución Cubana apenas había iniciado su programa de transformaciones de la vieja sociedad. Aún no se habían nacionalizado bancos, empresas ni refinerías estadounidenses. Faltaba más de un año para que Fidel declarara el carácter Socialista de la Revolución, que para ese momento, no pasaba de ser un proceso democrático-popular con la singularidad de haber llegado al poder mediante un levantamiento armado popular que derrotó una tiranía sostenida por ladrones, asesinos y torturadores.

Trataron de disfrazar el hecho aludiendo que se trataba de un accidente por un mal manejo de la carga en el puerto, pero las pruebas realizadas, incluyendo el lanzamiento de las mismas cajas de granadas que traía el buque desde un avión, demostraron la imposibilidad que aquellas detonaran por el efecto de un golpe o una caída. Saltaron a la vista otros elementos: una visita no prevista a un puerto en Francia, la apertura de la bodega que ya había sido sellada y la adición de una carga no contemplada inicialmente. Por último, la decisión de la empresa encargada de contratar la tripulación de prohibir la desclasificación de su investigación sobre el sabotaje hasta el año 2122 (150 años). ¿Por qué sería?

El 4 de marzo de 1960 es una fecha tan dolorosa para los cubanos como la del 11 de septiembre de 2001 para los nacidos en la tierra de Abraham Lincoln. Pero la CIA jamás ha revelado una palabra sobre su verdadera implicación en el crimen de La Coubre.

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La indignación es mayor, cuando se sabe que Washington, paladín habitual de la libertad y los derechos humanos, llegó a secuestrar y torturar para capturar a los autores del atentado contra las Torres Gemelas, a los que, también torturó para obtener sus “confesiones”. Como si fuera poco, retiene a esos individuos en una infame prisión en la Base Naval de la Bahía de Guantánamo, que EE.UU. ocupa a contrapelo de la voluntad del pueblo cubano.

La adquisición y traslado de aquellas armas a Cuba había sido un éxito de nuestra diplomacia, dadas las intensas presiones de Washington para impedirlo. ¿Cómo creer entonces en la inocencia del mismo gobierno que, apenas trece días después, cuando en el puerto habanero aun se respiraba el hedor de la carne chamuscada, dio luz verde a los planes de la CIA para lo que luego sería la invasión por Playa Girón?

Error de cálculo.

El propósito de la CIA con el sabotaje a La Coubre, como en todo acto terrorista, era atemorizar a los cubanos y mostrarles los obstáculos que supondría mantener una revolución a 90 millas de EE.UU. Era el aviso de que no tendríamos paz sin rendición, la perenne disyuntiva con la que nos persiguen hasta hoy.

Pero como Martí en Abdala, los nacidos en esta isla interpretaron el amor a la patria como el rencor eterno a quien la ataca, y aquel crimen, lejos de dividir y amedrentar, catalizó los sentimientos antiimperialistas del pueblo. Al día siguiente, en el sepelio de las víctimas, Fidel sintetizó ese sentimiento en una consigna que, desde entonces, representa la vocación de lucha y la fe inquebrantable en la victoria de los revolucionarios cubanos: ¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!

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Esa fue la respuesta que dieron los humildes de este pueblo cuando apenas un año después, los primeros mercenarios desembarcados, los conminaron a rendirse. Por ironías del destino, el material de guerra que sobrevivió al sabotaje y muchos de los hombres que acudieron aquel día al puerto a brindar su ayuda, contribuyeron un año después a la primera gran derrota militar del Imperialismo estadounidense en el hemisferio occidental, en los exóticos parajes de la Bahía de Cochinos.

Sesenta años después del sabotaje a La Coubre, nuestro pueblo continúa exigiendo que Washington diga la verdad sobre aquel horrendo crimen. Sólo un recordatorio: los nacidos en esta tierra ni olvidan ni se rinden.

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