El asesinato de un General y la reelección de Donald Trump.

Por: José David País Santamaría.

El objetivo primario de EEUU para asesinar al General iraní Qassem Soleimani se ha cumplido con creces: acaba de comenzar el año electoral y ya nadie se acuerda del juicio político. El torbellino mediático solo contiene imágenes del ahora mártir iraní, y hasta su biografía publican en estas horas los medios occidentales.

Obligados por los acontecimientos, hasta los promotores del «impeachment» han tenido que cambiar de tema.

No parece sensato pensar que EEUU podía haber planificado con mucha antelación una operación de este tipo. Las características del objetivo sugieren que, lo que sí hizo el Imperio, fue aprovechar una oportunidad que los iraníes les sirvieron -en un error que no olvidarán- cuando colocaron al alcance de las armas yanquis a su militar más destacado.

No se trata tampoco de la primera acción reciente de confrontación con Irán, sino un paso más en una escalada que Trump ensaya desde 2019 y que ya tuvo capítulo previos, como el «ataque» persa a una refinería saudita, o el «asedio» a la embajada yanqui en Bagdad, compendio de acontecimientos que pudieran sugerir que la Casa Blanca ha elegido adversario, para hacer aquello que cada presidente de EEUU tiene como tarea obligada: jugar a la guerra.

Pero con Trump estamos en un terreno no mapeado y que sea Irán el elegido también agrega incertidumbre al asunto. Más aún cuando sabemos que EEUU no puede desear, ni puede sostener sin catastróficas consecuencias una guerra total contra Teherán que inevitablemente incluirá el desgaste de sus capacidades militares convencionales.

Entonces, estando la guerra con Irán fuera de sus objetivos, cabe preguntarse: ¿Por qué Trump daría luz verde a la ejecución de Soleimani? ¿Qué otras ventajas saca la Casa Blanca de este escenario de cortejo al caos?

Pues bien, la primera ya la enunciamos: acabamos de empezar un año electoral y el asesinato del General iraní fue la primera acción de campaña de Trump, aunque haya ocurrido fuera de EEUU.

Debemos entender que el magnate enfrenta un doble reto en su campaña, al tener que derrotar a sus adversarios de contienda, mientras enfrenta un juicio político que, aunque no parece que vaya a desbancarlo, puede dar combustible a sus detractores. Con acciones como el ataque en Bagdad, Trump resuelve ambos problemas de una vez, no olvidemos que ningún presidente yanqui en guerra ha sido sacado del poder.

Pero hay otro problema. La estrategia de la Casa Blanca de usar el caos a su favor solo funciona si se puede evitar el caos total. O sea, que asesinar a su más querido General funciona, pero la guerra total con Irán no, lo cual es la causa de que a menos de 24 horas de haber cometido el crimen, Trump haya comenzado a trabajar en la desescalada, en palabras propias y de sus acólitos.

Él mismo dijo en la Florida que no buscaba un cambio de régimen ni una guerra con Irán y su Secretario de Estado le dijo algo similar por teléfono a su homólogo ruso, Serguei Lavrov. EEUU está jugando con la cadena, pero no quiere meterse con el mono.

Y aquí radica el problema mayor: para mantener a la opinión pública entretenida con sus virtudes como «comandante» de las hordas del Pentágono, Trump necesitará cambiar de objetivos, variar sus blancos y acciones, o de otro modo se verá atrapado en otra guerra, no deseada por el «establishment», ansioso por equipar el poderío imperialista a la «amenaza» ruso-china (combinada).

Por esa razón, creemos que no solo Irán debiera estar preocupado por la campaña política de Trump en este año de elecciones. Irán responderá al ataque, de manera limitada y casi recíproca, pero tampoco irá a la guerra y con ello quedará saldado el «ojo por ojo». Luego de esto y cuando la opinión pública esté a punto de volver a recordar el «impeachment», la Casa Blanca se sacará otro conejo del sombrero, en cualquier otro «oscuro rincón del mundo».

Se trata de una estrategia de explosiones esporádicas, controladas, con vistas a confundir al mundo y sobre todo al pueblo de EEUU, con la pirotecnia y los efectos especiales. Trump hará gala de sus dotes de líder y las bombas harán el resto, para abrir las puertas de la reelección y convertir el juicio político y sus problemas domésticos en juegos de niños.

Ante este escenario todos los adversarios de EEUU debieran poner las bardas en remojo. La forma en que han ardido las de Irán es demasiado aleccionadora.

Aunque no han tenido tiempo de hablar sobre el tema, la administración Trump seguirá en 2020 obsesionada con Venezuela; dedicada a cambiar los regímenes en ese país, Cuba o Nicaragua y a derrocar en América Latina todo lo que no se abra de «puertas» a sus trasnacionales y al Comando Meridional.

La primera acción de 2020 contra Cuba fue -escalofriante coincidencia- un ataque, no con cohetes, sino con sanciones económicas, contra el más querido de nuestros generales y actual Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, General de Cuerpo de Ejército Leopoldo Cintra Frías, el mismo día en que asesinaba al más popular de los generales iraníes. No me gusta imaginar cosas, pero tal simultaneidad me molesta demasiado.

Por estas razones y otras miles, en el año de los dos 20, que en las ciencias médicas que se ocupan de la visión quiere decir «excelente vista», hay que tener además los ojos muy abiertos. Ya sabemos que atacarán sin avisar; que utilizarán cualquier pretexto; que no hay modelos o normas que predigan un comportamiento político errático; por eso no se puede perder de vista el objetivo: todo lo que le abra a Donald Trump las puertas de la Casa Blanca por otros cuatro años será puesto en práctica y eso, nos pone en grave peligro.

No olvidemos por quien doblan las campanas. Abramos los ojos. Este año seguirán tirando a matar, y hay que volver a sobrevivir.

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