Nuevamente, David contra Goliat.

Editorial Red26Cuba

«y tomó su cayado en su mano, y escogió cinco piedras lisas del arroyo, y las puso en la bolsa pastoril y en el morral que llevaba, y con su honda en la mano se acercó» a Goliat.

Samuel 17:40

Hoy recuerdo, no sin pesar por lo diferente del contexto en que escribo, la tarde lluviosa en que por primera vez un presidente de EEUU pisó suelo cubano luego de 1959.

Barack Obama desembarcó en La Habana con todos los argumentos de su “nuevo rumbo para Cuba”; trajo a su familia consigo y declaró, rodeado de cubanos, que cuando los valores de EEUU “penetraran” esta sociedad, las cosas cambiarían en favor de la política estadounidense: la satisfacción de una histórica pretensión de dominación, sobre la perenne rebeldía de los probables “dominados”.

Eso fue en Marzo de 2016. Durante la etapa final de su mandato, el primer presidente yanqui en venir a la Cuba revolucionaria, y primer negro en habitar la Casa Blanca, modificó sustancialmente la política de su país hacia Cuba, y reemplazó el garrote por la zanahoria, trasladando hacia el plano de las ideas las más violentas confrotaciones entre la Isla y su histórico adversario, y haciendo soñar, por primera vez, con un escenario de convivencia pacífica, respeto mutuo y beneficios compartidos, cuyos primeros pasos de bebé apenas comenzaban cuando el sucesor de Obama los asesinó de golpe.

Cuando Donald Trump accedió a la presidencia en remplazo de Obama, el afamado cineasta estadounidense Michael Moore declaró: “Felicidades pueblo de EEUU, acabamos de elegir a nuestro último presidente”. La alerta poseía sólidos argumentos que se confirman cada día: Trump, incapaz de formar un equipo de Gobierno medianamente eficiente, donde han abundado los despidos y abandonos, se ha rodeado de una corte de acérrimos ultraderechistas, donde el bufón es rey y donde los que susurran a sus oídos son capaces de los más absurdos y aborrecibles consejos.

La consecuencia directa de ello es que varios de los legados de la política exterior de la era Obama, aplaudidos por la comunidad internacional, como el acuerdo nuclear con Irán y el cambio de política hacia Cuba, han sido pulverizados por la corte del bufón, sin remordimientos. Hacia la Isla, particularmente, el magnate ha adoptado una estrategia en extremo peligrosa y totalmente desfasada. Que emula a las más agresivas administraciones yanquis desde enero del 59 hasta la fecha.

¿Qué ha cambiado para Cuba?

Hoy recuerdo a Cintio en su “Discurso de la Intensidad”. Nuestro “imposible” histórico sigue plantado frente a nosotros, reduciendo a una simple cuestión el destino de la Nación: la defensa de la Revolución que asegura la independencia de la Patria; que nos compone y une; y que nos inserta en la historia, como continuadores comprometidos y no como herederos expectantes.

Cintio nos alertó de lo que podría pasar si la Revolución fuera derrotada. Habló del vacío histórico; del abismo. “Nunca mayores fuerzas se emplearon tan mal”-dijo. Y nos habló del remedio, de la salvación, de la victoria. Resumió nuestra intensidad. Es Martí -nos dijo- con Luz, Heredia, Varela, Céspedes y las generaciones que inspirados en él no dejaron morir la Revolución, como materia esencial en la composición de la Nación cubana.

Hoy no ha cambiado nada. La absurda política que se dicta desde la Casa Blanca quita la máscara al poder imperial, y nos permite ver con todos sus detalles la maquinaria rapaz del establishment yanqui. Se definen los métodos para robar descaradamete a un país sus riquezas; para sacrificar la paz de los pueblos en virtud del lucro de las trasnacionales; para conquistar los recursos sin los cuales no pueden sostenerse las frágiles sociedades de consumo, cuyos lujos de primer mundo, pagamos con sangre en el tercero.

Trump complace a los oligarcas y burgueses que explotaban en Cuba el sudor y la sangre de nuestra gente. Esos que hicieron maletas los primeros días de la Revolución, cuando teníamos las “horas contadas” y se han quedado tantas veces con ganas de viajar, que ya perdieron la cuenta. Han tratado de legar sus rencores y ahora han accedido a las decisiones del bufón Presidente, que los halaga con esperanzas de retomar lo que la Revolución legítimamente conquistó para el pueblo, mientras espera que estos grupos le abran las puertas a un segundo periodo en la Casa Blanca.

Este sucio juego de política pone a nuestro país de nuevo en la pared del ojo de la tormenta. Se abren caminos de confrontación; de pleitos jurídicos; de agresiones económicas que no dejan de tener un grave impacto en el plato de comida en la mesa de cada cubano, quienes por tantos años de resistencia heroica merecemos mejor que nadie observar la añorada mejoría de nuestras condiciones de vida, por las cuales la Revolución trabaja cada día.

Nuevamente David se planta frente a Goliat. No hay armas de tecnología avanzada ni recursos mágicos. No hay más que las capacidades equivalentes a las lisas piedras de la onda del pastor, en comparación con los recursos militares, económicos, financieros, mediáticos y diplomáticos del gigante. El pequeño posee solo aquello que siempre lo ha acompañado, desde que esta larga historia de conflicto comenzó, mucho antes de que la Patria fuera libre o que el gigante se convirtiera en potencia hegemónica.

Nuestras piedras son la solidez de nuestros argumentos y la pureza de nuestra causa. La coherencia con un legado de resistencia que no concibe, como reza la letra del himno sagrado, el oprobio y las cadenas.

Es saber que cuando una fiera enseña los dientes, no es hora de echar a correr ni dar la espalda, porque allí se envalentona la bestia y muerde con más saña. Fidel nos enseñó eso. A elevarnos a la altura de cualquier reto, a mirar a los ojos, sin miedo, a cualquier adversario; a no reuir al combate; a no rendirnos.

La estrategia del actual Gobierno yanqui apunta a abrumar nuestra economía con litigios y reclamaciones; a desalentar la inversión extranjera; a promover nuevamente que los oligarcas autoexiliados, financien a grupúsculos dispuestos a alterar la paz del pueblo, mientras agreden, directa o indirectamente, a naciones aliadas como Venezuela, cuyo destino está, por tantas razones, ligado al nuestro.

No es hora de medias tintas. No es momento de excesivas diplomacias. No hay que pedirle disculpas a nadie por estar aquí. Lo que hay que hacer está ordenado. Está escrito en la carta magna aprobada por el pueblo en referendo, y lo estaba en la anterior: el Socialismo es irrevocable y jamás negociaremos bajo presión, amenaza o coerción. La causa de que existamos aun, está estrechamente ligada a haber sido siempre fieles a esos principios. Una duda, un descuido y sería nuestro fin.

Vale la pena preparar los fusiles y enseñarlos. Bien vale repensar cada decisión económica. Habrá que hacer nuevamente lo que hacemos mejor: mucho con poco; todo con nada. Nuevamente nos obligan a retar el imposible.

Pero hoy también me acuerdo de Martí, como cada día de mi vida y veo aun más claro el camino. Reconozco que como expresamos hace poco, esta es una lucha del bien contra el mal. Una pelea en la que se enfrentan esos dos bandos en que van los hombres, unos en pos de fundar y amar, los otros, en pos de odiar y deshacer.

Nuestros hijos han nacido y seguirán naciendo en los hospitales cuya propiedad un burgués querrá reclamar, pero que tendrá que venir a arrebatar a nuestros cadáveres si pretende hacerse dueños de los bienes del pueblo. Este país ardería en llamas como un inmenso Bayamo antes que ceder al enemigo una sola de nuestras conquistas.

Nuevamente Goliat amenaza. Arrogante, grotesco, inicuo. Él, acostumbrado a agredir, nosotros, habituados a resistir y vencer. Nada ha cambiado para Cuba. Vuelva la roca a la honda del pequeño valiente, esa honda que Martí dijo que era la suya. A la batalla de nuevo, como tantas veces. La tarea es clara, la misión es una: ¡Hay que volver a vencer el imposible!

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