Baraguá: donde Cuba se resume.

maceo

Por: José David País Santamaría.

¿Qué significa Baraguá? ¿Por qué el nombre parece una ráfaga, que hace alzar la cabeza y cerrar los puños, como quien se apresta a combatir?

Nunca olvidaré la primera vez que escuché hablar de la “Protesta”. Era un niño. Mis maestras me pidieron que interpretara el personaje de un General español. Yo era un pequeño de piel muy blanca y supongo que por culpa de mis tatarabuelos peninsulares podía encarnar bien ese personaje. Otro amigo de la escuela, mulato de piel, recibió al mismo tiempo el honor de interpretar a Maceo.

No olvido lo mucho que le envidiaba sanamente. Mi corta edad era ya suficiente para entender de qué lado estaba la razón y por eso me daba vergüenza ser un “español”. Ya sabía que yo era del bando de los que no se entienden con la rendición y la derrota.

Pero decorosamente hice el papel de Martínez Campos. Me vestí de azul, me pintaron barbas y bigotes. Me colgué un viejo sable que mi padre tenía en la pared, y me paré frente a un Antonio Maceo de 8 años para decirle: “aquí tiene usted este documento, que habla sobre el Pacto del Zanjón” y extendí mi mano.

La respuesta del Titán ustedes la conocen, y yo no la he olvidado nunca, gracias a mis maestras que me convirtieron en improvisado actor siendo muy niño y de paso dieron una lección de historia a cientos de muchachos de mi generación, en el matutino de aquella mañana, un 15 de marzo, hace ya unos cuantos años.

Y mientras la vida ha seguido su curso, Baraguá ha significado siempre lo mismo para mí. En la cima del sacrificio, cuando una década de monte y machete pesaba sobre los cansados hombros de los guerreros cubanos, un grupo de ellos, liderado por Antonio Maceo, dijo “No” a la paz sin independencia.

Colocó de nuevo el imposible en el curso de nuestra historia, y volvimos a retarlo y a vencerlo, como ya habíamos hecho antes, y como haríamos de nuevo tantas veces.

Era imposible que un puñado de hombres mantuviera la guerra viva, mientras la isla era habilmente pacificada por el hombre que me tocó interpretar. Sabían que decir “no” era decir que estarían solos y que seguramente todos morirían combatiendo a fuerzas superiores, pero aun así, se negaron a firmar el pacto.

Es ahí precisamente donde Baraguá nos resume, cuando dice de Cuba que sus hijos prefieren la muerte, a la vida sin decoro y en cadenas. Cuando nos enseña en toda nuestra altura, con machetes en la mano y no poniéndolos en el suelo mientras haya una aspiración no conquistada. Cuando se niega un pueblo, en la voz de uno de sus más dignos hijos, a cejar en el empeño de ver libre y soberana a la Patria esclavizada.

Maceo y sus hombres hicieron que valieran la pena 10 años de guerra difícil y extenuante. Honraron a Céspedes y Agramonte. Y a todos los que durante una década dejaron la vida en los campos de Cuba, para poner el abono fundamental de la libertad verdadera de los pueblos: la sangre. Nos dieron un rumbo, y no tardamos en retomar la senda, esta vez contra el mismo enemigo y contra los errores de pasado.

Baraguá es una doctrina. Quizás por eso hicimos un juramento allí, cuando al calor de la Batalla de Ideas, juramos que continuariamos venciendo imposibles y así lo hicimos. Quizás por eso también fue ese el nombre elegido para la escuela donde durante años se formaron los más sacrificados guerreros de nuestras Fuerzas Armadas Revolucionarias, nuestras aguerridas Tropas Especiales, porque Baraguá es eso precisamente, un símbolo del sacrificio y la voluntad de luchar, por muy difíciles que sean las circunstancias o poderoso el enemigo.

Y el espíritu de Baraguá es hoy más necesario que nunca. Cuando todavía poderosos enemigos convocan a la rendición, e intentan imponer un camino distinto, empujando durante décadas a toda una nación hacia la miseria y las privaciones, para que olvide a sus muertos; para que olvidemos a Maceo y a los hombres de la protesta gloriosa.

¡No nos entendemos! Sigue el imposible plantado delante de nosotros. Parece imposible vencer al enemigo más poderoso del mundo; al bloqueo arreciado; a los cursos inesparados de una historia humana cada vez más caótica y sorprendente. Y sin embargo seguimos aquí. No podemos olvidar. De ello depende nuestro derecho a existir.

Por eso Baraguá es un símbolo, un puntal, una columna de esta inmensa historia patria. Cada vez que haya que vencer el imposible -porque habrá que hacerlo muchas veces todavía- pensemos en Maceo, cuya voz mantuvo libre un pedazo de Cuba, en una isla esclavizada. Pensemos en la sangre, que hubo de derramarse antes y despúes, para volver sagrado el juramento de la Protesta.

Y por eso se alza la cabeza y se cierran los puños al escuchar la palabra, que es como una ráfaga; para que cada vez que vayamos a combatir, pensemos en Baraguá.

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