El milagro imperceptible.

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Por: José David País Santamaría.

No hace falta saber donde estoy, ni siquiera quien soy. Soy un cubano lejos de Cuba y eso basta para comprender las moralejas de esta historia.

Escribo estas líneas sin haberme sacudido el polvo de la enorme metrópolis que me aloja por estos días, en cumplimiento de un servicio a mi país, como otros miles de cubanos. Escribo ahora que aun están frescas las impresiones que suscitan estas letras, para que no se me olvide ningún detalle, aunque ello, de hecho, resultará imposible.

Acabo de regresar de un hospital. No fui como paciente, sino como apoyo emocional y traductor improvisado de un amigo en apuros. Una muela aquejaba su acostumbrada tranquilidad y, no sin esfuerzo debido a lo recio de su carácter, vino a mi en busca de ayuda para sortear el dilema que lo perturbaba.

Llegamos de inmediato. No perdimos tiempo mas que el necesario para localizar el sitio y aclarar algunas dudas de procedimientos. El sitio tenía buena imagen. Lo que se espera de una institución de salud sin importar la geografía. No en extremo, pero limpio.

Todo muy avanzado en tecnología. Muchos teléfonos, escritorios y computadoras. Grandes estantes llenos de medicamentos; entra y sale de gente adolorida y gente aliviada; rostros diversos; ambulancias; camillas. En fin, el hospital.

La vista pasó trabajo en localizar la dirección hacia los servicios de estomatología. Tantos carteles y detalles diferentes hicieron que perdiéramos el rumbo por un momento. Si, porque este hospital tenía cosas a las que no estamos habituados y una en especial provocó el asombro de este cubano, mientras caminaba en busca del alivio al dolor de mi amigo. Allí frente a mi, como requisito en apariencia indispensable, había algo que según mi crianza no corresponde a un hospital: una caja registradora.

Luego entendí la razón. De mi diálogo a medias con la dentista de guardia, debido a las barreras del idioma, surgió la respuesta: mi amigo debía pagar miles en moneda local, para aspirar a un tratamiento de varias sesiones que salvaría su muela, incluidos los medicamentos a consumir durante el proceso. No había otra salida.

Fue una sensación nueva para nosotros. Como entrar en una dimensión distinta, donde otras leyes físicas rigen la existencia de la materia. Algo difícil de comprender para dos hijos de Cuba: un guajiro de Pinar de Río y un habanero del Cerro, que jamás han pagado un peso por servicios de salud, gracias a la Revolución.

De repente aquella palabra cobró un sentido distinto. Me vinieron a la mente las imágenes recientes de aquel hospital mientras caminada hacia el salón de estomatología: padres con sus bebés de meses; pequeños tosiendo fuerte en brazos de sus madres; ancianos en sillas de ruedas; jóvenes acompañando a algún amigo, así como hacía yo esa mañana.

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Tantas preguntas. Tantas dudas. ¿Cómo hacen para sobrevivir si tienen que pagar por ser atendidos? ¿Qué tal si no hay dinero y el pequeño se enferma? ¿Cómo procede entonces el hospital? ¿No los atiende?

Ni siquiera logré imaginar las respuestas. Mientras mi amigo pagaba “la cuenta” mi mente viajaba de urgencia a Cuba y se sentaba tranquila en unos de los hospitales donde tantas noches he tenido que permanecer con mi pequeño entre los brazos durante sus primeros dos años.

Una madrugada en particular vino a mi cabeza como un golpe de puño: la del 27 de noviembre de 2016. Hacía poco más de 24 horas todos habíamos conocido la noticia de la muerte de Fidel. Ya se hablaba de que una de sus últimas voluntades fue no erigir en su nombre estatuas ni monumentos. Hasta ese momento, no había entendido la esencia de tal petición.

Pero aquella noche comprendí: mientras una doctora de piel negra y ojos de ángel me decía con amabilidad que mi pequeño debía ingresar, porque el Ministerio de Salud Pública de Cuba establece ello como procedimiento obligatorio para todo lactante de menos de dos meses que llegue febril a un Cuerpo de Guardia (o por lo menos así lo recuerdo yo).

La noche fue larga. Pero al final de repetidas sesiones de auscultamientos y rayos X los doctores nos dejaron ir. Mientras regresaba a la casa aquella noche pensaba lo mismo que durante el regreso del hospital al que acompañé a mi amigo, el de la muela: que afortunados somos los cubanos. A veces no somos concientes de lo que tenemos. A veces no lo valoramos lo suficiente.

Allí están los monumentos y la memoria viva de Fidel. Esos son sus mausoleos y estatuas más sublimes: cada maravilla creada por la Revolución, pero muy en especial, nuestros hospitales de padres agradecidos, sin cajas registradoras.

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